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19 de octubre de 2010

De lo orgánico en la pintura de Barceló

Fui a ver la última gran antológica de Miquel Barceló, y por primera vez fui capaz de abstraerme del gran circo mediático que rodea todo cuanto hace y pude ver con otros ojos su obra, que siempre ha despertado en mí curiosidad y admiración.

Pero esta vez descubrí un punto de artificiosidad en ella que me hizo reflexionar, porque el sustento intelectual de la misma se ha basado en su carácter “orgánico”, en la preocupación del pintor por expresar sobre la tela el devastador paso del tiempo en la materia viva.

Compruebo que en sus cuadros de hace veinte o veinticinco años, donde esa materia que puso literalmente se ha disuelto o desaparecido, lo que queda es la parte inorgánica: plástico, pigmentos o materiales varios pegados a ella. Eso hace que pierdan su intención original y los convierte en meros objetos de museo.

Por lo mismo, los cuadros más recientes ya sólo contienen materia inorgánica que remedan esa misma sensación que antes buscaba con la descomposición de los materiales. Es decir, el tromp l´oeil característico de la pintura de todas las épocas. De hecho, su cúpula de las Naciones Unidas es sólo la representación de una verdadera cueva de estalactitas. Es posible que para esa misma cúpula, hace años, hubiera hecho una propuesta más arriesgada. He ahí la artificiosidad de la que hablo.

En ese sentido, la reflexión sobre la materia en la obra de Tàpies me parece menos pretenciosa y, por ende, más auténtica.

Y ni que decir de los cuadros de Miguel Ángel o Leonardo, Velázquez o Rubens o Ticiano o Picasso o tantos otros, donde los personajes y los objetos, a pesar del paso del tiempo (que también pinta, como decía Goya) siguen, de alguna manera, vivos para el espectador que se acerca a ellos. ¿Hay algo más orgánico que estar vivo?